Máximo exponente de la poesía transgresora.

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El caballo de hierro cruza ahora sin miedo
desiertos abrasados de silencio.
Deseo de ser piel roja.
Sitting Bull ha muerto y no hay tambores
para hacerlo volver desde el reino de las sombras.
Deseo de ser piel roja.
(fragmento de Deseo de ser piel roja)

Días de locura con Panero en Canarias

A partir de hoy, Leopoldo María Panero ya no venderá sus libros por la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria. El poeta vagabundo ha muerto, pero su fantasma y sus poemas quedarán esparcidos entre las almas perdidas que vagan por esta ciudad.

Leopoldo, el loco más cuerdo de todos los locos que sobrevivimos a estos tiempos, nos ha dejado sin despedirse. Y así tenía que hacerlo, de la forma más anónima.

Sin que nadie lo molestara. Como lo tiene que hacer un poeta: uno de los grandes poetas de nuestro tiempo. Que ahora venderá más libros, porque en esta sociedad los libros que huelen a difunto son los más atractivos.

Hay un banco en la calle de Tomás Morales de la capital canaria que también se ha quedado solo. Allí se estiraba el poeta como sólo lo hacen los que no tienen prisa ni por vivir, ni por morir.

Ahora, en ese banco, sólo queda la huella de los cientos de colillas esparcidas, fruto de su compulsivo hábito que le daba ese aire de poeta maldito.

Muchos hemos compartido el banco y sus poemas que salían de su boca tintados de nicotina y humo.

En las paredes de la cafetería El Esdrújulo también se ha quedado el eco de aquellos recitales donde sumergía en su poesía a todos los presentes soltando a bocajarro su infierno.

Así masticaba Panero las palabras diciendo: “El abismo es Dios y el territorio puro de nadie, una cruz alzada bajo todas las sospechas…”

Aún lo recuerdo aquel primer día que me lo encontré sentado en la terraza de la facultad de Historia, empalmando un cigarrillo tras otro y bebiendo Coca Cola.

En aquella cafetería vivía al aire libre todas las tardes. Ya era una figura necesaria. Si algún día no veías a Panero charlando con algún estudiante, o tirado en alguno de sus bancos de piedra, la facultad perdía ese sabor a ocre que solo dejan los hombres únicos.

La estación de guaguas de la ciudad, una de las paradas preferidas del poeta, también se queda huérfana de sus libros que vendía como lo hacen los floristas callejeros.

Ahora los jóvenes y los niños y las amas de casa ya no verán a ese vagabundo extraño de la estación, a ese vagabundo que siempre cargaba con uno de sus poemarios para intentar colocárselo al primer incauto que no sabía que le estaban vendiendo una joya.

Gonzalo Pérez Ponferrada, director de comunicación del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y autor del libro de relatos Los olores de Teodora Castro y otros sucesos extraordinarios.

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